"ELCIRCO CASTRISTA Y LOS PAYASOS JULIAN Y RAFAEL"Por Eugenio Yañez.

viernes, 24 de agosto de 2012



Con Fidel Castro alejado ¿indefinidamente? de la escena, y Hugo Chávez a media máquina por su enfermedad y una campaña electoral cada vez más compleja, el circo castrista necesitaba con prisa nuevos personajes para entretener “antiimperialistas”, por lo que apareció rápidamente la pareja de Julian Assange y Rafael Correa.

Hay que ser demasiado fantoche para pretender darle órdenes a Estados Unidos, proclamar que robar documentos secretos de cualquier país es un acto heroico o puro pasatiempo, que los delitos sexuales provocan persecuciones políticas, que la justicia sueca no es independiente y se doblega ante su Gobierno, o que el presidente ecuatoriano es un campeón de la libertad de información, que es lo implícito en la perorata del advenedizo Assange desde un balcón de la Embajada de Ecuador en Londres, único espacio “abierto” a que puede aspirar sin ser detenido.

Según el periódico Juventud Rebelde, que como todos sabemos es muy respetuoso de la libertad de expresión, el presidente Correa “negó que Assange o Ecuador impidan la aplicación de la justicia sueca y señaló que por el contrario se brindaron las facilidades en la legación diplomática para su declaración por presuntos delitos sexuales” pero expresó que sobre el asilado “no se dieron garantías de que no sería extraditado a Estados Unidos, donde probablemente sea juzgado con pena de muerte al existir presiones políticas”.

Sin embargo, y esto no lo dice Juventud Rebelde, aún no está claro si será deportado a su país el asilado Alyaksandr Barankou, que denunció la corrupción en Belarús, después que el dictador Alexander Lukashenko pidiera al presidente ecuatoriano en Quito que le revocara el asilo al disidente: al fin y al cabo, no se trata de un “antiimperialista”.

Correa, en actitud francamente bananera, y desesperado por ocupar el protagonismo continental que van dejando los ocasos de Fidel Castro y Hugo Chávez, cree que la justicia sueca tiene que interrogar en la embajada ecuatoriana en Londres a un australiano acusado por un delito común cometido en Suecia, y además dar garantías de que no sería extraditado a Estados Unidos, porque ese país le impondría la pena de muerte por presiones políticas. Lo que a primera vista parece una soberana estupidez cambia al saber que el presidente ecuatoriano se graduó de universidades en Estados Unidos y Bélgica, y que no es un analfabeto: entonces hay que concluir que es un perfecto cínico y desvergonzado, sabe que lo que está diciendo es falso, y que la justicia en Suecia y Estados Unidos no funciona tan impúdicamente como en Ecuador.

En apoyo al circo, la maquinaria “bolivariana” se movilizó rápidamente desde el principio en defensa del derecho de asilo, la inviolabilidad de las sedes diplomáticas, la soberanía de Ecuador y el derecho a la libertad de expresión.

En un país como Cuba, donde hubo condenas de hasta 28 años de cárcel cuando la “Primavera Negra” por ejercer el periodismo independiente, sin haber sustraído ni un solo documento del Gobierno, ni siquiera “confidencial”, ¿cuál sería la sentencia para quien hiciera públicos miles de documentos secretos del Gobierno, poniendo en peligro la integridad y la vida de muchos ciudadanos y funcionarios? Si alguien hiciera eso, ¿podría salvar el pellejo refugiándose en una embajada para solicitar asilo?

En julio de 1959 el entonces presidente cubano Manuel Urrutia Lleó tuvo que renunciar, por presiones de Fidel Castro, y finalmente buscar asilo, primero en la Embajada de Venezuela en La Habana, y posteriormente en la de México, al romperse las relaciones diplomáticas entre La Habana y Caracas. Dentro de ambas embajadas permaneció AÑOS sin poder salir del país, porque al régimen no le daba la gana de otorgarle salvoconducto.

Tras los sucesos de la Embajada de Perú en 1980 que desembocaron en el puente marítimo del Mariel, los cubanos acusados de lanzar un ómnibus contra la embajada para entrar, y de la muerte de un custodio en la balacera que se produjo (aunque nadie en el ómnibus estaba armado), estuvieron durante muchos años en la embajada peruana sin recibir salvoconducto.

Y si de inviolabilidad de las embajadas se trata, como señala el canciller del régimen, Bruno Rodríguez, hay que recordarle que en febrero de 1981 las tropas especiales del MININT cubano penetraron precisamente en la Embajada de Ecuador en La Habana, sacaron a la fuerza a catorce personas que habían solicitado asilo político, incluyendo tres mujeres y cuatro menores de edad, todos desarmados. Los menores fueron separados de sus padres, y días después se supo que uno de los menores, de quince años, había fallecido.

El régimen declaró que la entrada de sus fuerzas en la Embajada “se realizó con la autorización ecuatoriana”, pero el entonces presidente Jaime Roldós respondió muy claramente que “Ecuador no autorizó ni podía autorizar jamás que la sede de su Embajada haya sido objeto de tal acción”.

Inglaterra advirtió a Ecuador que, en base a una ley inglesa de hace unos 25 años, podría retirar la inmunidad a la Embajada y penetrar para capturar al payaso australiano, lo que desató la furia “independentista” y “soberana” del presidente Correa, que se atragantó con declaraciones tremendistas y apocalípticas.

Sin embargo, tal vez no sea necesario enviar a los especialistas del Special Air Service británico a cambiar de domicilio a Julian Assange una madrugada cualquiera. Basta con no otorgarle salvoconducto y mantenerlo en la embajada ecuatoriana en Londres indefinidamente, en la pequeña habitación donde está recluido, donde necesita una lámpara solar y una estera de caminar para hacerse la idea de que está al aire libre.

Veremos qué tiempo aguanta. Muchos “duros” no lo son tanto cuando el zapato aprieta. Y el australiano no parece tener madera de líder “antiimperialista” para una estancia demasiado prolongada en la sede diplomática.

El que haya personas que le apoyen, creyendo que defienden libertades, pero en realidad por su “antiimperialismo” genético, resentimientos y frustraciones, le sirve para quince minutos de fama o alimentar su enfermizo ego, pero no para mucho más.

Recordemos a otro héroe “antiimperialista” reciente, el destituido gobernante hondureño Manuel Zelaya, que después de bufón itinerante terminó “asilado” en la embajada brasileña en Tegucigalpa por obra y gracia del corrupto Lula da Silva: a los pocos meses le daba igual ser presidente que payaso, con tal de poder caminar por la calle.

La diferencia es que Assange solamente podrá caminar por las calles después de aclarar sus asuntos pendientes con la justicia sueca en Estocolmo.

CONTINUA EL EXODO.SERA LA UNICA SOLUCION?


jebro@elnuevoherald.com

Cuando en el 2008 un par de peloteros cubanos abandonó una selección juvenil en Edmonton, un furioso Fidel Castro llamó a Ron Hayter desde La Habana para dejarle saber su malestar y, según palabras del propio director ejecutivo de la Federación Internacional de Béisbol (IBF) en la ciudad canadiense, el entonces gobernante cubano le insultó de mala manera.

Esta vez Castro, de 86 años de edad, no pudo o no supo o no le interesó que cuatro jugadoras antillanas hicieron historia al ser las primeras en abandonar una delegación femenina de ese deporte y convertirse en el mayor grupo que se fuga en un torneo de béisbol en esa ciudad norteamericana, y al menos Hayter no recibió ninguna llamada que lo asociara con “lo peor de la tierra’’, según revelara de aquella comunicación lejana.

Las cuatro “peloteras’’ se marcharon del equipo cubano que participó en la V Copa Mundial de Béisbol femenino, donde apenas se hicieron sentir en el terreno al terminar con balance de ocho fracasos y una victoria, pero convertidas en una subtrama paralela que vivió su pasaje culminante cuando tres de las muchachas no asistieron a la ceremonia de clausura en el Telus Field.

La primera baja la protagonizó Odreisleisis Pequero Del Sol, de 21 años, quien se fue desde el martes 14 de agosto y que luego se comunicó con miembros del equipo para comunicarles que se encontraba junto con su novio del otro lado de la frontera canadiense, utilizando una visa de tránsito que le aprobaron al hacer una escala en Chicago, en ruta a la cita de Edmonton.

Nacida en Ciego de Avila, Peguero –considerada una de las líderes del equipo- sólo vio actuación el 12 de agosto, cuando bateó de 2-1 en la derrota por paliza de 12-4 contra la novena de Australia.

Posteriormente, el diario Edmonton Journal confirmó que otras tres jugadoras abandonaron la delegación cubana.

“Siempre hemos tratado de animar a las personas a no desertar, pero no podemos controlarlas’’, expresó Hayter al periódico canadiense. “Le dejamos claro a todos los equipos participantes que nosotros ofrecemos alojamiento y todo lo demás, pero no podemos controlar individualmente a las personas. Como organizadores [del evento] preferiríamos que nadie se quedara. No se nos puede culpar del hecho’’.

Más allá de las fugas, la escuadra cubana, dirigida por el conocido ex segunda base de los equipos Industriales, Juan Padilla, regresó a su país luego de una pobre demostración al obtener un único triunfo al derrotar 13-5 a Holanda. Japón revalidó su título en la Copa Mundial, Estados Unidos terminó con la plata y Canadá se llevó el bronce.

En julio del 2008 los jugadores Noel Argüelles y José Iglesias abandonaron la selección que asistía al Mundial de la categoría juvenil también con sede en Edmonton. El primero, un lanzador, firmó un pacto por $7 millones con los Reales de Kansas City y el segundo, un infielder, llegó a un acuerdo por $8.2 millones con los Medias Rojas de Boston.

Pero si las fugas en la rama masculina se han convertido en algo “normal’’ en las últimas décadas, en Edmonton sorprendió la partida de las muchachas.

“Si ellas cambian su mente y deciden abandonar el equipo, entonces es un problema del equipo, del país’’, recalcó Hayter a la prensa canadiense. “No podemos encerrarlas en sus habitaciones’’

"LECCION DE VIDA"

jueves, 23 de agosto de 2012

Una mañana nuestro nuevo profesor de Introducción al Derecho entró en nuestra aula universitaria y lo primero que hizo fue preguntar el nombre a un alumno que estaba sentado en la primera fila:


--¿Cómo te llamas?

-- Me llamo Juan Carlos, profesor.

-- Pues quiero que te largues de mi clase y no quiero que vuelvas a matricular otro curso impartido por mí — dijo el profesor casi gritando.

--Pero, profe…

--¡Largo de aquí!

Juan Carlos, desconcertado, se levantó torpemente, recogió sus cosas y salió del aula. El resto de los estudiantes nos quedamos perplejos e indignados, pero nadie dijo nada.

El profesor se volteó hacia nosotros y preguntó:

--¿Para qué sirven las leyes?

Todos estábamos asustados, pero logré sobreponerme al miedo y dije:

--Para que haya orden en la sociedad.

--¡No!— gritó el profesor.

--Las leyes se hicieron para cumplirlas—dijo con voz trémula una compañera de clase.

--¡No!-- volvió a rugir el profesor.

--Para que los delincuentes paguen por sus fechorías—dijo otro de mis compañeros.

--¡Tampoco, tampoco!—expresó el profesor con molestia-- ¿Será que nadie sabe responder esa pregunta?

--Las leyes sirven para que haya justicia—dijo tímidamente una chica.

--¡Por fin!—exclamó el profesor--. Eso es, para que haya justicia, muy bien. ¿Y para qué sirve la justicia?

Todos los estudiantes nos sentíamos molestos por su actitud déspota y grosera. Sin embargo, nadie protestaba. Uno de mis compañeros levantó una mano.

--Para salvaguardar los derechos humanos.

--¿Y para qué más?—indagó el profesor.

--Para discriminar lo malo de lo bueno—dijo otra estudiante--. Para premiar a quienes hacen el bien.

--No está mal, pero quiero algo más concreto—dijo el profesor--. Díganme ¿actué correctamente al expulsar a Juan Carlos?

El aula se quedó en silencio.

--¡Quiero que respondan a mi pregunta!—ordenó el profesor.

--¡No!—contestamos a coro.

--¿Les parece que cometí una injusticia?

--Sí—respondimos todos a la vez.

--¿Y por qué no dijeron nada?—preguntó el profesor-- ¿Para qué queremos leyes y regulaciones si no disponemos de la valentía para hacerlas cumplir? Cada uno de ustedes tiene la obligación de actuar contra las injusticias. Todos tiene esa obligación y ese deber. ¡No vuelvan a quedarse callados nunca más ante algo mal hecho!

Después se viró hacia mí y me dijo:

--Vete a buscar a Juan Carlos. Está en la rectoría.

Camino de la rectoría me di cuenta de que el profesor nos había dado una magistral clase de enseñanza activa.

En la noche, mientras cenaba con mis padres y conversábamos sobre mi futuro, miré fijamente a mi padre y le dije: “Hoy he aprendido algo muy valioso: que cuando no defendemos nuestros derechos y callamos ante la injusticia perdemos la dignidad y que la dignidad no es negociable”.

Por un nuevo anticastrismo.Alejandro Armengol, Miami .


Por un nuevo anticastrismo

Un anticastrismo que entiende lo ocurrido en la Isla como un proceso con razones y causas, pero que ha desembocado en un destino falso


No es que el exilio de Miami ha dejado de ser anticastrista, sino que el anticastrismo ha cambiado de forma. En buena medida ha echado a un lado el ser vocinglero y pueril. Reducido a grupos cada vez más debilitados en números e ideas, el perseguir músicos, y regodearse en la nostalgia de una Cuba anterior a 1959.

El nuevo anticastrismo incorpora los valores culturales de esa época y tira por la borda la exaltación pueblerina de un país plagado de pobreza, corrupción y asesinatos. Condena a la dictadura de Fulgencio Batista pero con más fuerza aún al régimen de Castro, aunque no se pierde en comparaciones destinadas a desvirtuar ese sendero de caminos que se bifurcan que es la historia del país. Entiende lo ocurrido en la Isla en más de medio siglo como un proceso con razones y causas, que llegó a transformarse en un destino espurio por la ambición de unos cuantos y los errores y las indecisiones de muchos.

Durante décadas se ha otorgado validez histórica y política a los planteamientos de un grupo cuya única representatividad en la situación cubana actual emana del control férreo del poder y los mecanismos represivos. Quizá para algunos con ello sea suficiente, pero hay poco mérito en esa banda de aprovechados que ni siquiera han intentado desarrollar una nación sobre cadenas, y simplemente la han explotado al capricho y la conveniencia del momento.

Tampoco en la actualidad queda mucho mérito que reconocer cuando se habla del “exilio histórico”, en cuanto a vigencia política. La imagen de éste ha sido secuestrada por una serie de arribistas que adaptan a su beneficio cualquier actitud frente al régimen de La Habana. Líderes que en ocasiones se han aliado o han simpatizado con las peores dictaduras militares latinoamericanas, así como con corruptos al estilo de Alberto Fujimori, Arnoldo Alemán y Carlos Menem, para citar algunos ejemplos; partidarios de un totalitarismo de derecha para el futuro de Cuba.

La falsa división entre el “yo estaba aquí y tú acabas de llegar” esconde también la existencia de organizaciones, líderes exiliados y puntos de vista que no responden al estereotipo de una comunidad intransigente e ignorante, fácil de manipular por demagogos del micrófono.

El nuevo anticastrismo admite el diálogo con Cuba, que no es sinónimo de complicidad con La Habana. Reniega de farsantes y está en contra de legisladores que no lo representan en Estados Unidos. No quiere agitadores en Washington sino hombres y mujeres capaces que se preocupen por sus distritos respectivos, sean Miami o Nueva Jersey o cualquier otro. Rechaza la demagogia porque la conoce demasiado. Está a favor de la cordura y la simpatía; rechaza los discursos altisonantes de cualquier orilla. No quiere una vuelta al pasado. Apuesta por el futuro.

Queremos creer que el régimen de La Habana agoniza presa de su inmovilismo. No es así. Sin embargo, el proyecto revolucionario está agotado. La diferencia no es sutil sino real. Desaparecidos los hermanos Castro, Cuba iniciará una nueva etapa. No volverá la vista atrás, mirando por encima de casi cinco décadas y borrando tantas huellas. Cualquier proyección sobre el futuro de la Isla debe hacerse desde el presente. No intentando un regreso a los años cincuenta.

La nostalgia sirvió por un tiempo para enriquecer a unos cuantos en Miami. No tiene sentido como programa de gobierno. El régimen castrista no es un paréntesis en la historia de la nación, un apéndice que se puede eliminar sin el menor rastro. ¿Quiénes de los tantos que repiten a diario su discurso estéril en la radio exiliada conocen la realidad cubana? El ejercicio de desconsuelo —el intento de vender el pasado bajo una forma de futuro— solo ha logrado edificar altares de ignorancia y fabricar líderes de pacotilla.

Igualar la falta de vigencia del modelo imperante en la Isla con la proyección que mantuvo primero Fidel Castro, y ahora Raúl, de constituirse en símbolos vivientes de la resistencia contra el “imperialismo yanqui” es caer en el viejo error del anticastrismo de café de esquina. El fin de ambos hermanos no será el desplome inmediato del sistema imperante, aunque especialmente la muerte de Fidel Castro significará el fin de la época en que un régimen ha fundamentado su permanencia en la “legitimidad de origen” obtenida por el triunfo frente a la dictadura de Batista.

No hay que igualar un fin con un comienzo. En el exilio se ha confundido un efecto con una causa, y en vez de analizar las razones que explican la estabilidad del gobierno cubano, hay una apuesta, al desnudo o más o menos encubierta, de cifrar las esperanzas —mejor sería decir sus ilusiones— en la muerte de Fidel Castro.

Nada mejor para los intereses de La Habana que este desenfoque. A fin de cuentas, se trata de una jugada estratégica que ha rendido sus frutos, pero a la cual, involuntariamente o no, hemos colaborado todos

"CARTA ABIERTA DE UN JOVEN QUE SE HA IDO"

Carta de un joven que se ha ido


Estimado Rafael Hernández,

He leído con mucho interés su “Carta a un joven que se va”. Me he sentido aludido, porque hace dos años me marché de Cuba, tengo 28 años y vivo en Pomorie, una ciudad balneario situada en el este de Bulgaria. La razón por la que le escribo es para intentar explicarle mi postura como joven cubano emigrado. Sin solemnidades ni verdades absolutas, porque si algo me ha enseñado dejar mi país, es descubrir que esas verdades no existen.

Puede que algunos de los que nos hemos marchado en los últimos años (somos miles) tengan claro el momento en que decidieron hacerlo. Yo no. Lo mío fue progresivo, casi sin darme cuenta. Empezaría con ese recurso tan cubano que es la queja. Por nimiedades, tal vez. Por lo que no hay, por lo que no llega, por lo que pasa, por lo que no pasa, por no saber. O no poder. La queja no es grave, lo grave es que se cronifique como una enfermedad cuando nada parece resolverse. Y uno puede aceptar que eso es así, y es tu país para lo bueno y para lo malo, o pasar a la siguiente categoría, que es la frustración. O sea, descubrir que la solución a la mayoría de los problemas no está en tus manos. O no te permiten hacerlo. O aún más triste: no parece importar.

Abandonar o permanecer en tu país es una decisión muy personal que nunca debe juzgarse en términos morales. Yo elegí este camino porque quería un futuro diferente al que veía en Cuba, y salí a buscarlo consciente de que podía salir mal, pero quise correr ese riesgo. No voy a mentirle diciendo que fue doloroso. No lloré en el aeropuerto. Todo lo contrario, me alegré. Le digo más, me liberé.

Tiene usted razón cuando dice que mi generación carece de esos lazos emocionales que generan experiencias como Playa Girón, la Crisis de Octubre o la guerra de Angola. Pero no se equivoque, yo también he tenido mis epopeyas. A lo mejor no tan épicas, pero sí igual de demoledoras. En estos veintidós años que menciona, he visto degradarse el país por el tanto lucharon mis padres. He visto marchar a mis maestros de primaria y secundaria. He visto a familias discutir por el derecho a comerse un pan. He visto el malecón lleno de gente nerviosa gritando contra el gobierno, y gente aún más nerviosa gritando a su favor. He visto a jóvenes construyendo balsas para huir quién sabe a dónde, y a una turba lanzando mierda de gato contra la casa de un “traidor”. Incluso, Rafael, he visto a un perro comiéndose a otro perro en la esquina habanera de 27 y F. Y también he visto a mi padre, que sí estuvo en Angola, con el rostro pálido, sin respuestas, el día que un custodio de hotel le dijo que no podía seguir caminando por una playa de Jibacoa (frente al camping internacional) por ser cubano . Yo estaba con él. Yo lo vi. Tenía diez años, y un niño de diez años no olvida cómo la dignidad de su padre se va a la mierda. Aunque haya vuelto de una guerra con tres medallas.

Me habla usted de las conquistas sociales de la Revolución. De la educación y la medicina. Voy a hablarle de mi educación. Tuve buenos maestros, y cuando se marcharon fueron sustituidos por otros menos preparados que, a su vez, fueron reemplazados por trabajadores sociales que escribían experiencia con S y eran incapaces de señalar en un mapa cinco capitales de Latinonamérica (esto no me lo contaron, lo viví) Mis padres tuvieron que contratar maestros privados para que yo aprendiera de verdad. No lo pagaban ellos sino una tía mía radicada en Toronto. De modo que si somos honestos, buena parte de la formación que tengo se la debo a los clientes del restaurante griego donde trabajaba mi tía. Pero hay más. En tiempos de mi hermana mayor era extremadamente raro que un alumno sacara una nota de cien. En mi época el cien se volvió algo común, no porque los alumnos fuésemos más brillantes sino porque los profesores bajaron sus exigencias para maquillar el fracaso escolar. ¿Y sabe una cosa? Yo tuve suerte, porque los que venían detrás de mí en vez de maestros tuvieron un televisor.

De la medicina poco tengo que decirle porque usted vive en Cuba. Y salvo el hecho de mantenerse la gratuidad, cosas que admito sigue siendo meritoria, el estado de los hospitales, la precariedad de unos médicos mal pagados y la creciente corrupción empujan cada vez más al sistema de salud hacia ese tercer mundo del que tanto hizo por alejarse. Y lo cierto es que, hoy en día, un cubano que maneje divisas tiene más posibilidades de recibir un tratamiento mejor (haciendo regalos o incluso pagando) que uno que no lo tenga, aunque sea de forma ilegal. Y aunque la constitución diga otra cosa. Por triste que resulte admitirlo, Rafael, la educación y la medicina de la que disponen los cubanos de hoy es peor que la que disfrutaron mis padres.

Usted dice que el país hace un gran esfuerzo, que existe un embargo. Y yo le respondo que también existe un gobierno que lleva cincuenta años tomando decisiones en nombre de todos los cubanos. Y si estamos en el punto en el que estamos, lo más sano es que admitiera que no ha sabido, o no ha podido, o no ha querido hacer las cosas de otra forma. Por la razones que sea. Porque el fracaso también está cargado de razones. Y en vez de atrincherarse con sus figuras históricas en el Consejo de Estado, debería dar paso a los que vienen detrás. Rafael, es muy frustrante para un joven de mi edad ver que en Cuba llevamos 50 años sin que se produzca un relevo generacional porque el gobierno no lo ha permitido. Y no hablo de que me den el poder a mí, que tengo 28 años. Hablo de los cubanos que tienen 40, 50 o incluso 60 años y no han tenido nunca la posibilidad de decidir. Porque las personas que hoy en día tienen esas edades y ocupan puestos de responsabilidad en Cuba no han sido formados para tomar decisiones, sino para aprobarlas. No son dirigentes, son funcionarios. Y ahí incluyo desde ministros hasta los delegados de la asamblea nacional. Son parte de un sistema vertical que no da margen para que ejerzan la autonomía que les corresponde. Todo se consulta. Y contrario a lo que dice el refrán: en vez de pedir perdón, todos prefieren pedir permiso.

Dice usted que en mi país se puede votar y ser elegido para cargos desde los 16 años. Y que la presencia de jóvenes delegados ha bajado desde los años 80 hasta ahora. Incluso me advierte que si seguimos marchándonos, habrá menos jóvenes votando y por tanto menos elegibles. Y yo le pregunto: ¿De qué sirve mi voto? ¿Qué puedo yo cambiar? ¿Qué han hecho los delegados de la asamblea nacional para que me interese por ellos? Seamos sinceros, Rafael, y creo que usted lo es en su carta, así que yo también quiero serlo en la mía, ambos sabemos que la asamblea nacional, tal y como está concebida, solo sirve para aprobar leyes por unanimidad. Resulta paradójico llamarle asamblea a una institución que se reúne una semana al año. Tres o cuatro días en verano y tres o cuatro días en diciembre. Y en esos días se limita a aprobar los mandatos del Consejo de Estado y de su Presidente, que es quien decide lo que se hace o no se hace en el país. Lamentablemente, yo no puedo votar a ese presidente. Y no sabe cuánto me gustaría hacerlo.

Hace unos días escuché a Ricardo Alarcón confesarle a un periodista español que él no cree en la democracia occidental “porque los ciudadanos solo son libres el día que votan, el resto del tiempo los partidos hacen lo que quieren...” Aunque fuera así, que no lo es (al menos no siempre, y no en todas las democracias), estaría reconociendo que desde que yo nací, en 1984, los electores en Estados Unidos, por ejemplo, ha tenido siete días de libertad (uno cada cuatro años) para cambiar a su presidente. Algunas veces lo han hecho para bien, y otras para mal. Pero esa es otra historia. Un joven de New Jersey que tenga mi edad ya ha tenido dos días de libertad para, por ejemplo, echar a los republicanos de Bush y nombrar a Obama. Los cubanos no hemos podido tomar una decisión así desde 1948 (no incluyo las elecciones de Batista, por supuesto). Y si usted me dice que la capacidad de nombrar a un presidente no es relevante para un país yo le digo que sí lo es. Y más para un joven que necesita sentir que se le toma en cuenta. Aunque solo sea por un día.

Usted probablemente piensa que los que nos marchamos elegimos el camino más fácil, que lo duro es quedarse a resolver los problemas. Pero le tengo que decir que mis abuelos y mis padres se quedaron en Cuba para pelearse con esos problemas. Renunciaron a muchas cosas por la Revolución y hasta se jugaron la vida por ella. Para darme un país avanzado, equitativo, progresista. Y el que me han dado es uno en el que la gente celebra poder comprar un carro y vender su casa como si fuera una conquista. Pero eso no es una conquista, es recuperar un derecho que ya teníamos antes de la Revolución. ¿A eso hemos llegado? ¿A celebrar como un éxito algo tan básico? ¿Cuántas otras cosas básicas habremos perdido en estos años? Para mis padres es doloroso asumir ese fracaso, y no lo quieren para mí. No quieren que con 55 años tenga un sueldo que no me alcance para vivir, ni el sueldo ni la libreta. Porque no alcanza. Y no quieren que para sobrevivir acuda al mercado negro, a la corrupción, a la doble moral, a fingir. Prefieren que esté lejos. A los 28 años yo me he convertido en la seguridad social de mis padres, ¿O cómo cree que sobreviven dos personas con 650 pesos? Sí, Rafael, hemos tenido que irnos cientos de miles de cubanos para que nuestro país no quiebre. Lo que Cuba ingresa de nuestras remesas es superior, en valor neto, a casi todas sus exportaciones. Eso sí, el país ha perdido juventud y talento, y en vez de abrir un debate realista sobre cómo parar esa sangría, sigue anclado a un inmovilismo ideológico que no es otra cosa que miedo al futuro. ¿Y qué hago yo en un país cuyos gobernantes le tienen miedo al futuro...? ¿Esperar a que se mueran...? ¿Esperar a que cambien las leyes por generosidad y no por convicción? ¿Qué hago yo en un país que sigue premiando la incondicionalidad política por encima del talento? ¿A qué puedo aspirar si no basta con lo que soy y lo que hago...? ¿A convertirme un cínico? ¿O me anima usted a que dé la cara y diga lo que pienso? Algunos jóvenes de mi generación ya lo han hecho, ¿Y dónde están? Recordemos a Eliécer Ávila, un estudiante de la Universidad de Oriente que tuvo la valentía de preguntarle a Ricardo Alarcón por qué los jóvenes cubanos no podíamos viajar como cualquier otro, y fue represaliado por el sistema. Él no tuvo la culpa de que allí hubiera un cámara de la BBC , ni de la respuesta ridícula que dio Alarcón (aquella barbaridad de que el cielo se llenaría de aviones que chocarían entre ellos) Hoy Eliécer vive marginado por razones políticas. Y no es un terrorista ni un mercenario ni un apátrida, es un joven humilde, mulato, universitario, que cometió el error de ser honesto. Que triste hacer una revolución para terminar condenando a alguien por ser honesto. ¿Para eso quiere usted que me quede, Rafael?

Dejar tu país y tu familia no es un camino fácil. Ni la solución a nada, solo es un principio. Te vas a otra cultura, tienes que aprender otro idioma, pasas momentos muy malos. Te sientes solo. Pero al menos tienes el alivio de saber que con esfuerzo puedes conseguir cosas. Mi primer invierno en Bulgaria fue muy duro, conseguí trabajo como transportista y pasé cuatro meses subiendo y bajando lavadoras para ahorrar dinero y poder viajar a Turquía. Una ilusión que tenía desde niño. Y viajé. No tuve que pedir un permiso de salida ni mi avión chocó con ninguno. Pude cumplir el sueño de Eliécer. Y me alegro de haberlo hecho. He conocido otras realidades, he podido comparar. He descubierto que el mundo es infinitamente imperfecto, y que los cubanos no somos el centro de nada. Se nos admira por algunas cosas igual que se nos aborrece por otras. También he descubierto que irme no ha cambiado mis convicciones de izquierda. Porque lo de Cuba no es izquierda, Rafael. Póngale usted el nombre que quiera, pero no es izquierda. Yo estoy de parte de aquellos que buscan el progreso social con igualdad de oportunidades y sin exclusiones. Pienses como pienses. Sin sectarismo ni trincheras. Porque eso solo sirve para enfrentar a la sociedad y sustituir verdades por dogmas.

Por último, Rafael, la casualidad quiso que terminara en un país que también estuvo gobernado por un partido y una ideología única. Aquí no hubo revolución de terciopelo como en Checoslovaquia, ni derribaron un muro como en Berlín ni fusilaron un presidente como en Rumania. Aquí, como en Cuba, la gente no conocía a sus disidentes. Aquí no había fisuras, y sin embargo, en una semana pasaron de ser un estado socialista a una república parlamentaria. Y nadie protestó. Nadie se quejó. No puedo evitar preguntarme, ¿Acaso pasaron 40 años fingiendo? Desde entonces no han tenido un camino de rosas, han enfrentado varias crisis, incluso la población ha llegado a vivir con peor calidad de la que tenía en los años 80, pero curiosamente, la inmensa mayoría de búlgaros no quiere volver atrás. Y eso que el socialismo que dejaron ellos era bastante más próspero que el que hoy tenemos los cubanos. Pero en este país no piensan en el pasado, piensan en el presente. En mejorar la economía, en resolver las desigualdades (que las hay, como en Cuba), en combatir la doble moral, los personalismos y la corrupción que generó el estado durante décadas.

El día que ese presente importe en Cuba, no tenga duda, nos veremos en La Habana.

Ivan López Monreal

Pomorie, Bulgaria.

10 de agosto del 2012

'ESTA BIEN LA AYUDA,PERO SELECCIONEN MEJOR A LOS QUE ENVIEN."Por Eugenio Yañes.(cubaencuentro.com)

viernes, 10 de agosto de 2012


Eugenio Yáñez, Miami
09/08/2012

No pongo en duda las buenas intenciones de los democristianos suecos y los “populares” españoles cuando enviaron a Cuba a Jens Aron Modig y Ángel Carromero, en misión de solidaridad con el Movimiento Cristiano Liberación que dirigía Oswaldo Payá. Pero, como todos sabemos, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.

Como resultado de imponderables e irresponsabilidades, Oswaldo Payá y Harold Cepero perdieron la vida en un dramático accidente; el español Ángel Carromero está detenido en Cuba, acusado de homicidio involuntario, y el ciudadano sueco no ha sido capaz de dar la cara al regresar a su país ni para dar el pésame a la familia del difunto, mucho menos para enfrentar los desmentidos de Rosa María Payá a sus declaraciones.

Fuera de Cuba ha habido análisis muy serios sobre el siniestro, mientras los teóricos de las conspiraciones no han cesado de “demostrar” que se trató de un asesinato orquestado por “la seguridad”, aunque para eso haya que olvidarse de hechos tales como que el vehículo accidentado se desplazó desde La Habana hasta las cercanías de Bayamo en menos de ocho horas (entre las 6:00 AM y la 1:50 PM) con tres paradas intermedias. Quien haya manejado en Cuba y conozca el estado de sus carreteras, sabe que se trata de una irresponsabilidad temeraria. Más aún si el chofer del auto resultó ser alguien con un expediente de conductor bastante deplorable, al extremo de que en España había intenciones de retirarle el permiso para conducir.

Con lo anterior no pretendo absolver a la dictadura cubana de las culpas que le puedan corresponder por este accidente, quizás más inducido que provocado directamente, si estuvo involucrada en el siniestro: simplemente, señalo que todavía no he podido constatar explicaciones suficientes que me convenzan de las culpas del régimen, más allá de las convicciones morales de asegurar que “esa gente son capaces de cualquier cosa”. Ni me impresiona para nada la noticia de que fue “desenmascarado” como oficial de la inteligencia el Director del Centro Internacional de Prensa en La Habana, quien estaba sentado junto al ciudadano sueco durante la conferencia de prensa. Posiblemente todos los pioneros en La Habana sepan que esos cargos no los desempeñan ni obreros de vanguardia, ni dirigentes sindicales, ni cederistas destacados, sino oficiales de la inteligencia.

La selección de Ángel Carromero y Aron Modig para la misión que se les encomendó en Cuba partió del principio (erróneo) de que todo sería miel sobre hojuelas y de que bastarían varios encuentros y conversaciones para culminar las tareas encomendadas. En otras palabras, parecería que no se previeron escenarios adversos, que en Estocolmo y Madrid razonaron como si fueran burócratas de la nomenklatura cubana.

Quienes crean que los extranjeros fueron torturados no tienen idea de cómo son las cosas en Cuba: ambos son jóvenes acostumbrados a vivir en democracia y en un Estado de derecho, en posiciones de liderazgo juvenil, con acceso a la prensa y los abogados, donde los agentes del orden y los tribunales tienen que regirse por leyes y actuar transparentemente, y donde pueden ser demandados en cualquier momento si se sobrepasan en sus funciones. Cualquier escenario diferente es desconocido para ellos.

¿Para qué sería necesario torturar a Carromero? Bastan unos días de celda en 100 y Aldabó, ese lugar donde se dice que hasta Supermán llora, sin acceso a servicios sanitarios ni agua potable, con comida miserable, interrogatorios en horarios irregulares y con cambios bruscos del calor de la celda a los locales refrigerados de los instructores, y dejarle conversar con otros detenidos en la misma celda, para que en poco tiempo sea capaz de declarar y firmar que quien besó a Jesucristo no fue Judas, sino él mismo.

No hubo que darle golpes a Aron Modig para que, además de pedir perdón en público por ser solidario con los demócratas cubanos, dijera que su misión era entregarle 4.000 euros a Payá y asesorarle para crear un movimiento juvenil, lo que Rosa María Payá desmiente tajantemente. Y ni siquiera en la tranquilidad del territorio sueco se ha presentado ante la prensa para ratificar lo que dijo en La Habana o para desmentirlo. Quizás no dependa de él mismo, sino de “orientaciones” superiores para actuar así, pero la imagen que ha dado hasta ahora es poco halagüeña.

Mientras no se demuestre lo contrario, me quedo con las palabras de la hija de Oswaldo Payá y tengo que pensar que Jens Aron Modig no dice la verdad, o por lo menos no dice toda la verdad. No creo que lo haga por cinismo o inmoralidad, pero muy bien puede ser por miedo, por un profundo temor a no se sabe qué, o por un cálculo de su organización política, pretendiendo quien sabe qué en La Habana: a Modig le bastó una semana como huésped de honor del “aparato” en Cuba para que el temor se le sembrara en los genes y en el ADN, y según ha declarado, o estaba dormido o no se acuerda de casi nada mientras estaba despierto. Sin embargo, de lo que dice acordarse es de cosas que le vienen muy bien al régimen para tratar de desacreditar a Payá.

Lo sucedido no tiene marcha atrás, y no es posible devolverle la vida a Payá ni a Harold Cepero. Aron Modig ya está en su país. Carromero tiene una situación compleja, pues hay dos muertos de por medio y habrá que ver si el régimen lo quiere retener en el país como ficha de cambio por algo que no sabemos todavía, o si podrá regresar a España, y en qué condiciones.

El Gobierno cubano quiere aprovechar estos escenarios para intimidar a las democracias y desalentarlas de reconocer y apoyar a la sociedad civil cubana, a la vez que incrementar la represión contra opositores, disidentes, periodistas independientes y bibliotecarios.

Esperemos que las democracias, por su misma razón de ser, no se dejen someter al chantaje y las bravuconadas de una dictadura de más de medio siglo. Y que mantengan, de una forma u otra, su apoyo moral y su solidaridad concreta con los demócratas cubanos que se enfrentan a la dictadura.

Sin embargo, si de verdad quieren que la ayuda sea efectiva, tendrán que seleccionar mucho mejor a las personas que envían para apoyar a los cubanos, y entender perfectamente que no es lo mismo ser opositor en Estocolmo o Madrid que en La Habana, Santiago de Cuba, Matanzas o Placetas.

Nuevas Revelaciones sobre el supuesto accidente que le costo la vida a Oswaldo Paya y a Harold Cepero.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Día 31/07/2012
La familia Payá sigue sin creer la versión oficial pese al vídeo
AFP 
Ofelia Acevedo, la esposa de Oswaldo Payá, se enteró ayer de la comparecencia ante la Prensa de Aron Modig y del vídeo con la «confesión» de Carromero por la llamada de ABC y del «Nuevo Herald». Ninguna autoridad cubana se ha dirigido a ella para darle una explicación desde el siniestro del 22 de julio. «Sólo tuve un breve contacto en su día con un forense que me entregó el cadáver de mi marido y me dijo que fue un accidente».
«Pedí y sigo pidiendo que me dejen hablar con los dos muchachos», insiste Ofelia, con tono sereno pero firme. «¿Por qué no permitieron hablar ayer a Ángel Carromero y sólo lo mostraron en vídeo? No me fío de nada que venga del régimen».
«Nos han aflojado cuatro veces las tuercas de las ruedas para provocar un accidente

Carro de O. Paya volcado en un accidente en junio del 2012
La mujer del disidente tiene sus razones. «Mi esposo y mi familia han recibido agresiones y amenazas de muerte durante años por parte de la seguridad del Estado. Nos han aflojado cuatro veces las tuercas de las ruedas del vehículo de Oswaldo para provocar un accidente. El último susto lo tuvimos el 2 de junio, cuando íbamos en el carro y recibimos un impacto que nos sacó de la carretera. ¿Por qué iba a fiarme ahora de las autoridades?».
Ofelia Acevedo reclama poder hablar con Ángel Carromero y con Aron Modig -«el embajador español y el embajador sueco me han dicho que les gustaría facilitármelo, pero que no están en sus manos»-. Y pide que algún organismo internacional pueda investigar de modo independiente los sucesos del 22 de julio. «No busco culpables, sólo la verdad», precisa la viuda del dirigente del Movimiento Cristiano de Liberación de Cuba.
Al portavoz de la Comisión de Derechos Humanos de Cuba, Elizardo Sánchez, tampoco le convenció la comparecencia ayer del ciudadano sueco en el Centro Internacional de Prensa de La Habana. Y menos el vídeo-confesión de Ángel Carromero.
«Hay muchas versiones sobre lo ocurrido. Nosotros sólo pedimos que se investiguen las causas de lo que acabó siendo un accidente. No hay que perder de vista que en Cuba los accidentes de circulación que terminan en muerte están castigados con penas de uno a diez años de prisión», advierte Elizardo Sánchez.

Una investigación neutral

El dirigente del grupo de Derechos Humanos que opera en la isla insiste en la necesidad de que tanto el español como el sueco sean liberados, «para que puedan ofrecer en sus propios países su testimonio de lo ocurrido; éste es un Gobierno que se caracteriza por manipular la información».
Además, Elizardo Sánchez señala que, si se confirma que fue un accidente en el que no intervino ningún otro vehículo, «no hay que descartar una responsabilidad del Estado cubano por el pésimo estado de las carreteras, que ya han producido muchos muertos y heridos entre los propios cubanos».
En Madrid, el hermano de Oswaldo Payá, Carlos, representante en España de su movimiento político, denunció también la absoluta falta de información y el «desprecio» del gobierno cubano hacia la familia. «Nadie sabe nada por vía oficial, y tampoco se les informó de la rueda de prensa de ayer», señala Carlos Payá, que comenta a modo de anécdota que su hermano tenía una cámara de vídeo en el momento del siniestro «que las autoridades no han querido devolver a su viuda». «Después de lo de ayer insistimos en la necesidad de una investigación internacional de lo ocurrido el 22 de julio», concluye.